Reflexión Mundialista #9

Un asiento para tres

Hace unas semanas, un domingo por la mañana antes de la celebración Eucaristica, compartía el desayuno con un grupo de jóvenes que se preparaban para la Confirmación y con sus familias. Como suele suceder, la conversación terminó girando alrededor del fútbol y de la Copa Mundial de la FIFA. Alguien preguntó si mi hijo Héctor y yo habíamos logrado conseguir entradas. Les expliqué que habíamos participado en la lotería de la FIFA, pero que no habíamos tenido éxito.

Sin dudarlo, alguien respondió:

Tienen que ir. Nosotros haremos que suceda.

Sonreí y agradecí el gesto, pensando que era simplemente un comentario amable y generoso. Pero unas semanas después, teníamos dos boletos en nuestras manos.

Un regalo inesperado.

Un regalo generoso que llegó sin haberlo buscado.

E inmediatamente mis pensamientos se dirigieron a mi padre. Me sorprendió cómo dos boletos en mis manos pudieron llevarme, en un instante, a recuerdos de hace más de medio siglo.

Muchos lo recuerdan como un futbolista profesional en Guatemala. Jugó para varios equipos de la primera división y tuvo el honor de representar a Guatemala con la selección nacional. Así es como muchos lo recuerdan.

Pero para mí era mucho más que un futbolista.

Era mi padre.

Nunca tuve la oportunidad de verlo jugar durante los mejores años de su carrera profesional. Sin embargo, años después lo vi jugar incontables domingos en ligas barriales y torneos empresariales.

Incluso entonces, su calidad era inconfundible. Pero más que su talento, siempre me impresionó la alegría con la que jugaba.

Uno de los regalos más grandes que Dios me concedió fue la oportunidad de jugar a su lado. Mirando hacia atrás, aquellas tardes en la cancha siguen siendo algunos de los recuerdos más valiosos de mi vida.

Mi padre murió a los cuarenta y seis años. Su ausencia fue real y dolorosa. Sin embargo, nunca ha desaparecido realmente de mi vida. Sigue presente en quien soy, en lo que me enseñó, en los valores que me transmitió y en los recuerdos que continúan dándole forma a mi vida.

De hecho, su memoria sigue viajando a lugares que él nunca visitó y entrando en conversaciones con personas que jamás llegó a conocer. Dondequiera que el ministerio me ha llevado, las conversaciones sobre fútbol tienen una curiosa manera de devolverme a él.

Y una vez más, así sucedió.

Mientras observaba aquellos boletos, comprendí que se habían convertido en mucho más que la entrada a un partido de fútbol. Eran una invitación inesperada a recordar, a dar gracias y a reconocer cómo el amor, los recuerdos y los sueños viajan de una generación a otra.

Pensé cuánto habría disfrutado mi padre una experiencia así. Pensé en los partidos que jugamos juntos. Y pensé en mi hijo, que nunca tuvo la oportunidad de conocer a su abuelo, pero que, de alguna manera, lo conoce a través de las historias, los recuerdos y el amor que sigue uniendo a nuestra familia.

Mientras hacíamos aquel viaje juntos, comprendí que, de alguna manera, en ese partido éramos tres.

Mi padre, cuya pasión por el fútbol dejó una huella imborrable.

Yo, que tuve el privilegio de jugar a su lado.

Y mi hijo, que nunca conoció a su abuelo, pero que lleva consigo una parte de su historia.

Mientras pensaba en esas tres generaciones, vinieron a mi mente las palabras de la Carta a los Hebreos, que habla de estar «rodeados de una nube tan grande de testigos». Hay personas que marcan nuestra vida de una manera tan profunda que su amor y su influencia siguen acompañándonos mucho tiempo después de haber partido.

No creo que mi padre nos enviara esos boletos. Pero sí creo que Dios, a veces, utiliza actos inesperados de bondad para recordarnos su presencia y sus promesas.

En aquel momento comprendí algo muy profundamente: el amor nunca se pierde de verdad. Lo que hemos vivido y compartido no desaparece simplemente, y nuestras historias no terminan con la muerte.

La fe cristiana se atreve a proclamar algo todavía más grande. La Pascua nos anuncia que Cristo ha vencido a la muerte, que la vida es más fuerte que el sepulcro y que el amor, sostenido en las manos de Dios, permanece para siempre. Como tantas veces recordaba el arzobispo Desmond Tutu:

«La vida es más fuerte que la muerte.»

Con esa promesa entré al estadio llevando una esperanza serena: que el recuerdo no es el final de la historia y que un día los recuerdos darán paso al reencuentro.

Mi hijo y yo encontramos nuestros asientos, celebramos, reímos y simplemente disfrutamos juntos del hermoso juego.

Entonces Japón marcó el primer gol.

Cuando el balón entró en la portería y el estadio estalló en júbilo, pensé inmediatamente en mi padre. Él siempre tuvo un don especial para anotar goles y, por un instante, me imaginé la alegría que habría sentido al contemplar una definición tan hermosa.

Por unos segundos, ya no era solamente un obispo, un padre o un aficionado disfrutando un partido del Mundial.

Volví a ser un hijo.

De una manera misteriosa, mi padre también estaba allí. No entre el público ni sobre la cancha, sino en los recuerdos que nos dejó, en el amor que compartió y en esa pasión por el fútbol que sigue uniendo a tres generaciones.

Porque aquellos a quienes amamos nunca están fuera del alcance del amor de Dios.

Aquel día, mi hijo y yo teníamos solamente dos boletos en nuestras manos.

Pero en mi corazón, había un asiento para tres.

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