Reflexión Mundialista #8
El Marcador No Cuenta Toda la Historia
Mientras la Copa del Mundo llega a sus últimos días, nuestra atención se dirige naturalmente hacia las selecciones que aún siguen luchando por levantar el trofeo. Sin embargo, algunas de las historias más significativas pertenecen a equipos cuyo camino terminó mucho antes.
Una de esas historias es la de Curazao.
Para muchos, la primera participación de Curazao en una Copa del Mundo quedará reducida a los resultados. Bastará una rápida mirada al marcador para encontrar victorias, derrotas, goles anotados y goles recibidos. Las estadísticas pasarán a la historia y, muy pronto, la mayoría de las personas comenzarán a pensar en el próximo Mundial.
Pero sospecho que el pueblo de Curazao recordará algo muy distinto.
Recordará el momento en que Livano Comenencia anotó el primer gol de su país en la historia de una Copa del Mundo. Curazao enfrentaba a Alemania en Houston y había comenzado el partido en desventaja. Entonces, al minuto veintiuno, Comenencia remató con la pierna izquierda y envió el balón al fondo de la red. Por un instante, la nación más pequeña que ha participado en un Mundial estaba empatando con una de las mayores potencias del fútbol. Alemania terminaría ganando el partido 7–1, pero la celebración más grande de aquella tarde perteneció a Curazao.
En algún lugar de las gradas estaba su padre, Liomar Comenencia. Nacido en Curazao, más tarde emigró a los Países Bajos, donde nació su hijo. En medio de la emoción del estadio, al principio no comprendió quién había marcado el gol. Luego reconoció a Livano. Su hijo lloraba de alegría. Él también lloró. Lo que el marcador registró como un solo gol se convirtió en un momento compartido entre un padre, un hijo y toda una nación.
Aquel gol no cambió el resultado del partido. No llevó a Curazao a la siguiente ronda. Sin embargo, regaló a un pequeño país un recuerdo que permanecerá vivo mucho después de que el marcador haya sido olvidado.
Para Alemania fue una victoria más.
Para Curazao fue historia.
Ese momento me recordó que los marcadores rara vez cuentan toda la historia. Y quizá eso no sea cierto solamente en el fútbol, sino también en la vida.
A medida que avanza el torneo, toda la atención se concentra en quienes todavía siguen en competencia. Es fácil pensar que solamente los semifinalistas tienen algo que celebrar. El mundo suele medir el éxito por los números. Contamos victorias, ascensos, asistencia, ingresos, logros y reconocimientos. Con frecuencia creemos que lo que puede medirse es lo único que realmente importa.
Los marcadores cuentan goles. Dios contempla la fidelidad.
El Reino de Dios cuenta una historia diferente.
Jesús nunca midió la fidelidad como el mundo mide el éxito. Habló de una viuda que ofreció dos pequeñas monedas, de un grano de mostaza que llegó a convertirse en un gran árbol, de un pastor que dejó noventa y nueve ovejas para buscar una sola, y de un padre que celebró el regreso de un hijo que había fracasado. Ninguna de esas historias tendría sentido si el éxito dependiera únicamente de los resultados visibles. Sin embargo, todas revelan una realidad mucho más profunda que cualquier estadística.
El ministerio me ha enseñado que algunas de las victorias más grandes de Dios son casi invisibles. Rara vez aparecen en un informe anual: una conversación tranquila al terminar la celebración eucarística, una oración junto a la cama de un hospital, un joven que hace preguntas profundas durante las clases de confirmación, una familia que recupera la esperanza después de una temporada difícil o una persona que decide dar el primer paso de regreso hacia Dios.
Ninguno de esos momentos aparece en los titulares.
Pero el cielo ciertamente los ve.
Quizá por eso el primer gol mundialista de Curazao resulta tan significativo. Nos recuerda que la fidelidad no siempre se mide por los trofeos. A veces, las victorias más pequeñas se convierten en las razones más grandes para seguir esperando.
El apóstol Pablo escribió: «Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.» (1 Corintios 3:7).
Pablo comprendía que nuestra vocación no consiste en controlar el resultado. Nuestra tarea es ser fieles. El crecimiento pertenece a Dios.
Lo mismo ocurre en nuestra vida. No todas las oraciones reciben una respuesta inmediata. No todos los actos de bondad transforman una vida de la noche a la mañana. No todos los ministerios crecen rápidamente. No todo esfuerzo recibe reconocimiento. Pero nada de eso significa que Dios esté ausente. El marcador puede sugerir derrota, mientras Dios ya está escribiendo una historia de esperanza que todavía no alcanzamos a ver.
Mucho después de que se olviden los resultados de esta Copa del Mundo, estoy seguro de que el pueblo de Curazao seguirá recordando el gol de Livano Comenencia. Su padre recordará el instante en que vio a su hijo hacer historia. Y quizá muchos niños de esa pequeña isla recordarán el día en que descubrieron que ellos también podían soñar con jugar en el escenario más grande del fútbol.
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A veces, una pequeña señal de esperanza vale más que cien victorias.
Cuando esta Copa del Mundo sea recordada dentro de muchos años, la mayoría recordará quién levantó el trofeo. Muy pocos recordarán el primer gol de Curazao.
Pero sospecho que el cielo lleva un marcador diferente.
El marcador nos dice quién ganó el partido.
Solo Dios conoce las victorias que estaban ocurriendo en el corazón humano.