Reflexión Mundialista #7
Garrincha: La libertad de ser quien eres
El camino de Brasil en esta Copa del Mundo ha llegado a su fin. Para millones de aficionados, la decepción es real. Cada vez que una selección con una historia tan rica queda eliminada, las comparaciones surgen casi de inmediato. ¿Pudo este equipo haber dado más? ¿Cómo se compara con las grandes generaciones del pasado? Son preguntas comprensibles. Las grandes historias permanecen en la memoria, y los grandes jugadores terminan formando parte de la identidad de un pueblo.
Quizá por eso este sea un buen momento para recordar a uno de los futbolistas más queridos de la historia de Brasil, no porque haya ganado más trofeos que nadie, sino porque nos recuerda que la verdadera grandeza se mide de otra manera.
Su nombre era Manuel Francisco dos Santos, aunque el mundo terminaría conociéndolo simplemente como Garrincha, el nombre de un pequeño pájaro brasileño, conocido por su agilidad, su libertad y lo difícil que resulta atraparlo. No pudo haber existido un sobrenombre más apropiado para aquel niño que un día dejaría atrás a los defensores con una alegría contagiosa y se convertiría en uno de los futbolistas más queridos que ha conocido este deporte.
Nacido en la pobreza, Garrincha llegó al mundo con importantes limitaciones físicas. Una de sus piernas era más corta que la otra y sus rodillas se doblaban en direcciones diferentes. Según cualquier criterio, no poseía las condiciones físicas que normalmente se esperan de un futbolista profesional. Muchos habrían pensado que el fútbol nunca sería su futuro.
Sin embargo, aquello que otros veían como una limitación nunca definió su vida. Garrincha desarrolló un estilo de juego diferente al de cualquier otro futbolista. Su creatividad, su alegría y su imprevisibilidad lo convirtieron en uno de los jugadores más fascinantes que ha conocido este deporte. Fue pieza fundamental en las conquistas de Brasil en los Mundiales de 1958 y 1962, y llegó a ser una de las figuras más queridas de toda la historia del fútbol.
Los brasileños lo llamaban cariñosamente "La Alegría del Pueblo." No lo amaban únicamente porque ganaba partidos. Lo amaban porque jugaba con libertad, con creatividad y con una alegría casi infantil que recordaba a todos por qué se enamoraron del fútbol en primer lugar.
Quizá era porque Garrincha recordaba a la gente que la verdadera alegría no nace de la perfección, sino de la libertad: la libertad de llegar a ser la persona que Dios nos creó para ser.
En un deporte que con frecuencia celebra la perfección, Garrincha llegó a representar algo muy distinto. Nos enseñó que la verdadera grandeza no consiste en poseer todas las cualidades que el mundo espera de nosotros. A veces, la verdadera grandeza nace cuando abrazamos con gratitud quiénes somos y ponemos nuestros dones al servicio de los demás.
Esa enseñanza va mucho más allá del fútbol.
Muchos pasamos buena parte de nuestra vida comparándonos con los demás. Comparamos nuestras capacidades, nuestros logros, nuestros ministerios e incluso nuestro camino de fe. Las congregaciones se comparan con iglesias más grandes. Los líderes se comparan con quienes les precedieron. Con frecuencia sentimos la presión de convertirnos en alguien distinto para alcanzar el éxito.
Sin embargo, la Escritura cuenta una historia muy diferente. Una y otra vez, Dios llama a personas que parecen poco probables, insuficientes o incapaces. Moisés decía que no sabía hablar. Jeremías creía que era demasiado joven. David era el menor de sus hermanos. Los discípulos eran hombres y mujeres sencillos, provenientes de lugares comunes. Dios nunca les pidió que fueran otra persona. Simplemente les pidió que ofrecieran lo que tenían.
El apóstol Pablo comprendió profundamente esta verdad cuando escribió que el poder de Dios se perfecciona en la debilidad. Descubrió que la gracia de Dios suele hacerse más visible, no a través de nuestras fortalezas, sino precisamente cuando reconocemos cuánto dependemos de Él.
Ahora que el camino de Brasil en este Mundial ha terminado, pienso aún más en el legado de Garrincha. En un torneo donde todas las selecciones sueñan con levantar el trofeo, su vida nos recuerda que algunas de las victorias más importantes ocurren mucho antes del primer silbatazo y mucho después del último. La victoria de aceptar quiénes somos. La victoria de confiar en que Dios puede obrar incluso a través de nuestras limitaciones. La victoria de ofrecer los dones únicos que hemos recibido, en lugar de desear los dones de otra persona. Quizá esa sea la libertad que Garrincha sigue enseñándonos hasta el día de hoy.
Garrincha nunca llegó a ser Pelé.
Llegó a ser Garrincha.
Y eso fue suficiente.
Descubrió que la mayor libertad no consiste en llegar a ser la persona que todos esperan que seamos, sino en llegar a ser la persona que Dios nos creó para ser.
El Mundial de Brasil puede haber terminado esta noche, pero la lección de Garrincha permanece. Quizá ese sea el regalo silencioso que Brasil deja al mundo. Los trofeos importan. Las victorias importan. Pero nunca cuentan toda la historia. Mucho después de que este Mundial sea un recuerdo, Garrincha seguirá recordándonos que nuestra mayor vocación no consiste en imitar a los héroes del pasado, sino en convertirnos fielmente en la persona que Dios nos creó para ser.
Este Mundial coronará a un nuevo campeón.
Pero el Reino de Dios se construye con personas sencillas que tienen el valor de llegar a ser