Reflexión Mundialista #6

Cuando Nadie Aplaude

Cada Copa del Mundo tiene sus protagonistas. Recordamos los goles, las atajadas espectaculares y a los campeones que levantan el trofeo. Muy pocos recordamos a los árbitros.

Y, sin embargo, algunas veces la historia no la hacen quienes marcan los goles, sino quienes, silenciosamente, hacen posible el juego.

Este Mundial fue escenario de otro momento histórico. Tori Penso dirigió un partido como árbitra central, acompañada por Brooke Mayo y Kathryn Nesbitt como árbitras asistentes, formando el primer equipo arbitral completamente femenino en la historia de una Copa Mundial masculina. Poco después, Katia Itzel García, de México, también saltó al terreno de juego, convirtiéndose en una de las pocas mujeres que han arbitrado un partido de un Mundial masculino.

Millones de personas observaron esos encuentros. Muy pocas se dieron cuenta de que también estaban presenciando un momento histórico.

Sin embargo, lo que más me impresionó no fue solamente que estas mujeres alcanzaran un logro tan importante. Fue la naturaleza misma de la misión que estaban llamadas a desempeñar.

El mejor árbitro suele ser aquel del que nadie habla. Si al terminar el partido toda la conversación gira alrededor del árbitro, probablemente algo salió mal. Un buen árbitro nunca se convierte en el centro del encuentro. Su tarea consiste en proteger el juego para que otros puedan desarrollar plenamente su talento.

Los jugadores reciben los aplausos. Los entrenadores conceden las entrevistas. Los campeones levantan el trofeo. Los árbitros simplemente abandonan el campo de juego, en silencio, listos para volver a servir otro día.

Su presencia también nos recuerda que muchas vocaciones requieren años de perseverancia antes de ser plenamente reconocidas. Cada generación se beneficia de mujeres y hombres que aceptan con fidelidad llamados difíciles, no solamente para realizar sus propios sueños, sino para que quienes vienen detrás encuentren un camino un poco más amplio y puertas un poco más abiertas. Los verdaderos pioneros no son solamente quienes hacen historia; son quienes hacen más fácil que otros puedan seguir sus pasos.

Mientras reflexionaba sobre ello, pensé en Juan el Bautista. Cuando sus propios discípulos le hicieron notar que cada vez más personas seguían a Jesús, Juan no sintió celos ni desánimo. Al contrario, pronunció unas palabras que siguen siendo una de las descripciones más hermosas de la vocación cristiana:

«Es necesario que Él crezca y que yo disminuya.» (Juan 3:30)

Juan comprendió que su misión nunca consistió en reunir discípulos para sí mismo. Su alegría era conducir a otros hacia Cristo.

Lo mismo puede decirse de Andrés. Cada vez que aparece en los Evangelios, está llevando a alguien hacia Jesús. Primero a su hermano Simón. Después al muchacho que ofreció los panes y los peces. Más tarde a los griegos que deseaban conocer al Señor. Andrés casi nunca ocupa el centro de la escena. Sin embargo, gracias a su silenciosa fidelidad, otros llegan al encuentro con Cristo.

María, la madre de Jesús, ofrece el mismo testimonio en las bodas de Caná. Sus últimas palabras registradas en los Evangelios no hablan de ella, sino de su Hijo:

«Hagan todo lo que Él les diga.» (Juan 2:5)

Una vez más, toda la atención se dirige hacia Cristo.

Quizá esa sea la belleza escondida de toda verdadera vocación. Hay llamados que no existen para atraer la atención hacia quienes los ejercen, sino para hacer posible que otros florezcan.

Con los años he descubierto que muchos de los ministerios más importantes de la Iglesia se parecen mucho a esto. El acólito que enciende las velas antes de que llegue la congregación. El grupo que prepara discretamente la Mesa del Señor. Los músicos que ayudan al pueblo a cantar. Los ujieres que reciben a quienes llegan por primera vez. La secretaria que responde el teléfono. Los voluntarios que preparan el café después del culto. Los diáconos, sacerdotes y obispos que sirven fielmente semana tras semana.

Cuando todo marcha bien, muy pocas personas reparan en ellos.

Y quizá así deba ser.

El ministerio cristiano nunca ha consistido en atraer la atención hacia nosotros mismos. Siempre ha consistido en ayudar a que otros descubran a Cristo. El mundo nos enseña a buscar reconocimiento. Jesús nos enseña a buscar fidelidad. El mundo nos invita a convertirnos en el centro de atención. El Evangelio nos invita a ser lo suficientemente transparentes para que, a través de nuestra vida, otros puedan ver a Cristo.

Quizá esa sea una de las lecciones más hermosas escondidas en este Mundial. Cuatro mujeres entraron al terreno de juego llevando silbatos en lugar de trofeos. No llegaron buscando aplausos. Llegaron para servir al juego.

Cuando sonó el silbatazo final, los jugadores se llevaron los recuerdos, los aficionados regresaron a casa con sus cantos y los árbitros abandonaron discretamente el estadio. Pero quizá ellas se llevaron algo todavía más grande: la serena alegría de saber que habían cumplido fielmente la vocación que les había sido confiada.

Tal vez esa sea también la vocación silenciosa de todo discípulo de Cristo.

No convertirnos en el centro de atención.

Sino ayudar a que otros puedan ver a Cristo.

«Es necesario que Él crezca y que yo disminuya.»

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