Reflexión Mundialista #5

Una Victoria Diferente: Las Bolsas Azules

Ayer terminó el camino de Japón en este Mundial. Fue eliminado después de un intenso partido frente a Brasil. Sin embargo, una de las lecciones más duraderas que nos deja este torneo no ocurrió durante el encuentro, sino después del silbatazo final.

Mientras miles de espectadores comenzaban a abandonar el estadio, muchos aficionados japoneses permanecieron en sus asientos. Llevando las bolsas azules de basura que ya se han convertido en una imagen característica de los torneos internacionales, comenzaron silenciosamente a recoger vasos, envoltorios y otros desechos de las gradas. Nadie les pidió que lo hicieran. No había ninguna recompensa esperándolos. Simplemente creían que el lugar que habían utilizado debía quedar mejor de como lo encontraron.

Con el paso de los años, esta práctica ha despertado admiración alrededor del mundo. Sin embargo, lo que más me impresiona no es solamente el gesto, sino el espíritu que hay detrás.

En Japón existe una antigua tradición conocida como sōji, la práctica de cuidar y limpiar los espacios compartidos. Desde pequeños, los niños aprenden a limpiar sus aulas y edificios escolares, no simplemente como una tarea más, sino como una manera de cultivar la responsabilidad, la humildad y el respeto por los demás. Detrás de esta práctica también se encuentra otra hermosa idea japonesa: mottainai, una palabra que expresa gratitud por lo que tenemos y un profundo rechazo al desperdicio o al descuido. Juntas, estas dos ideas ayudan a explicar por qué los aficionados japoneses permanecieron en silencio para cuidar un estadio que no les pertenecía.

Como cristianos, estos valores nos resultan profundamente familiares. En los primeros capítulos del Génesis, Dios coloca a la humanidad en el jardín y le confía su cuidado. La creación no nos pertenece; es un regalo de Dios. Somos llamados a cuidar fielmente aquello que Él ha puesto en nuestras manos, para que otros también puedan disfrutarlo y beneficiarse de ello.

Los aficionados japoneses no limpiaron el estadio porque fuera suyo. Lo hicieron porque entendían que compartían la responsabilidad de cuidar un lugar que habían utilizado. Su ejemplo nos invita a hacernos una pregunta importante:

¿Cómo tratamos aquello que no nos pertenece, pero que ha sido confiado a nuestro cuidado?

La pregunta va mucho más allá de un estadio. Se aplica al medio ambiente, a nuestras iglesias, a nuestros vecindarios, a nuestros lugares de trabajo y a nuestras relaciones. Nos desafía a pensar en cómo cuidamos los recursos que utilizamos, las comunidades a las que servimos y las personas que Dios pone en nuestro camino.

Con demasiada frecuencia pensamos que cuidar la creación y aquello que se nos ha confiado requiere grandes proyectos o iniciativas extraordinarias. Sin embargo, casi siempre comienza con acciones pequeñas y cotidianas. Se encuentra en la decisión de reciclar, reducir el desperdicio, cuidar un edificio de la iglesia, proteger un espacio natural, animar a un vecino o, simplemente, dejar una comunidad un poco mejor de como la encontramos. Estos gestos pueden parecer pequeños, pero revelan corazones formados por la gratitud y la responsabilidad.

Esta historia me recuerda que algunas de las obras más importantes del Reino de Dios suceden después del silbatazo final, cuando la multitud ya se ha ido y nadie está mirando. La fidelidad muchas veces no se expresa en grandes gestos, sino en silenciosos actos de cuidado que honran tanto a Dios como al prójimo.

Este Mundial será recordado por sus campeones, sus goles espectaculares y sus momentos inolvidables. Sin embargo, una de sus lecciones más duraderas puede provenir de un grupo de aficionados que decidió cuidar un lugar que no les pertenecía.

Japón no avanzó a la siguiente ronda.

Pero dejó al mundo una lección que ningún marcador puede medir.

Nos recordó que el verdadero carácter se revela no solamente en la manera en que celebramos la victoria, sino también en la forma en que respondemos a la derrota.

Esa también es una victoria diferente.

Su ejemplo nos recuerda que cuidar la creación y aquello que Dios ha confiado a nuestras manos comienza con reconocer que, en última instancia, todo le pertenece a Él.

Y quizá eso nos deja una pregunta que vale la pena llevar con nosotros cada día:

¿Estamos dejando los lugares, las personas y las comunidades que Dios ha confiado a nuestro cuidado un poco mejor de como las encontramos?

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