En medio del dolor, los brazos del Padre siguen abiertos

Hermanos, hermanas... les escribo desde lo más profundo de mi alma, compartiendo el mismo suelo que hoy pisamos, un suelo que a veces se siente agrietado por el sufrimiento. Sé muy bien que cuando la tragedia golpea, el mundo que construimos se desarma en un segundo. Es tan humano sentir que la fe tiembla cuando nos toca enfrentar el vacío insoportable de ver partir a nuestros seres amados, a nuestros pilares, o ese desgarro supremo que desafía las leyes de la naturaleza: la pérdida de un hijo. En esos momentos donde la oscuridad aprieta el pecho y el silencio de la casa se vuelve una carga pesada, es completamente normal llorar, gritar y reclamar al cielo: ¿Dónde estás, Dios? ¿Dónde quedó tu misericordia? No sientas que estás fallando por dudar ni cargues con la culpa por tu rabia. El Padre conoce perfectamente de qué madera estamos hechos; Él sabe que somos barro y comprende de manera infinita nuestras lágrimas y nuestros reclamos.

Tener fe no significa ponernos una anestesia para no sentir. La fe no borra el dolor como por arte de magia, pero nos ayuda a no morirnos de desesperanza. El duelo no es un proceso lineal ni rápido; es un camino largo, un desierto que se recorre paso a paso, donde habrá días de aparente calma y otros donde el vacío volverá a calar hondo. Aunque hoy tengas los ojos hinchados de tanto llorar y el sufrimiento te impida ver su amor, te prometo que Dios está ahí, abrazándote en el más absoluto silencio. No estás solo en el fondo del pozo.

Me reconforta mucho recordar lo que dice el Salmo 34, que el Señor está siempre cerca de los que tienen el corazón roto y salva a los que tienen el espíritu deprimido. Dios no nos mira desde lejos. El Padre se agacha, se sienta a nuestro lado en el piso y llora con nosotros. Su amor no ha desaparecido; se hizo refugio para sostener tus rodillas cuando ya no te queden fuerzas para sostenerte en pie. El duelo nos transforma, nos rompe, pero la última palabra nunca la va a tener la desgracia, la tiene la vida que resurge. Dios es un Dios de vivos. En el libro de Isaías, Él mismo nos hace una pregunta hermosa: ¿Puede una madre olvidarse del niño que amamanta? Pues aunque ella se olvidara, yo jamás te olvidaré.

Aunque todo a nuestro alrededor parezca cenizas, la fidelidad del Padre sigue firme. Esos seres queridos que hoy extrañas con el alma, esos hijos que partieron antes de tiempo, no cayeron en el olvido ni en la nada; están bien guardados en las manos de Aquel que los creó. El amor que les tienes no murió con ellos; se ha transformado en un lazo eterno, en un puente de fe que nos conecta directo con el cielo. Un día, el Padre nos va a reunir a todos en un abrazo donde ya no existirá el llanto.

Llora todo lo que necesites, hermano, hermana. Permítete vivir tu duelo sin prisa, pero por favor, no dejes que se te apague la esperanza. Y a los que hoy estamos de pie, nos toca acudir con prontitud a solidarizarnos con los que sufren. No podemos mirar de reojo el dolor ajeno. Cada uno, desde nuestras posibilidades, debemos hacernos presentes: con el apoyo emocional que sostiene, con la compañía que no juzga, compartiendo el silencio o prestando el hombro, sosteniéndonos en la oración constante. Dios muchas veces consuela a través de nuestras propias manos y de nuestra cercanía.

Confiar en Dios Padre es saber que, por más larga y negra que sea la noche, el sol siempre vuelve a salir. Con el tiempo, el dolor irá encontrando su lugar en el alma y la luz volverá a ganar terreno. Como dice el Evangelio de Juan, la luz brilla en las tinieblas, y la oscuridad jamás podrá vencerla. No intentes entenderlo todo hoy. No busques explicaciones que la mente no puede dar ante el misterio del sufrimiento. Solo déjate abrazar por el Padre, descansa en sus brazos hoy, y mañana, con su gracia, nos volveremos a levantar para caminar juntos.

Te tengo en mis oraciones y en mi corazón. Tu hermano en la fe.

Written by Rev. Misael Pacheco G, San Pablo HTX

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