Reflexión Mundialista #2
El Amor es el Gol: Hospitalidad en un Mundo de Banderas
Durante estas semanas del Mundial, Houston se ha convertido en un punto de encuentro para el mundo entero. Personas de muchos países, idiomas y culturas han llegado a nuestra ciudad con una misma pasión: el fútbol.
En medio de esa alegría y diversidad, nuestra Catedral de Cristo ha decidido hacer algo muy sencillo. Hemos abierto nuestras puertas.
En el jardín de la Catedral se ofrece agua a quienes caminan bajo el calor de Houston. Hay espacios de sombra para descansar, voluntarios dispuestos a conversar y recorridos por el templo para quienes desean conocer este lugar de fe y oración.
A primera vista, puede parecer algo pequeño. Después de todo, no estamos organizando partidos ni entregando trofeos. Solo estamos ofreciendo un vaso de agua, un poco de sombra y una bienvenida sincera.
Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que las cosas más sencillas suelen tener un profundo significado. Jesús habló de dar un vaso de agua en su nombre y también dijo: «Fui forastero y me recibieron». En el Reino de Dios, la hospitalidad nunca es algo secundario. Es una manera concreta de hacer visible el amor de Dios.
Nuestro lema durante este Mundial es sencillo, pero profundamente cristiano:
«En un mundo dividido por banderas, el amor es el gol.»
Las banderas son hermosas. Representan pueblos, historias, culturas y sueños. Durante estas semanas las vemos ondear por toda la ciudad. Pero también nos recuerdan que vivimos en un mundo lleno de fronteras, diferencias y, con demasiada frecuencia, divisiones.
Quizá por eso esta experiencia tiene un significado muy personal para mí. He vivido gran parte de mi vida como migrante. Nací en Guatemala, llegué a ser ciudadano de Costa Rica y desde hace varios años vivo y sirvo en los Estados Unidos. En cada etapa de ese camino he experimentado la bondad de personas que me recibieron, me hicieron espacio y me ayudaron a sentirme en casa.
Una de las grandes alegrías de servir en la Diócesis de Texas es encontrar congregaciones formadas por personas provenientes de todos los rincones del mundo. Llegan con diferentes historias, idiomas y tradiciones, pero se sientan en las mismas bancas, escuchan las mismas Escrituras y se acercan a la misma Mesa del Señor.
Quizá esa sea una de las lecciones más importantes que el Evangelio nos ofrece mientras las naciones se reúnen para celebrar el Mundial. Las banderas pueden recordarnos de dónde venimos y los equipos pueden unirnos en la celebración, pero el amor nos invita a vernos unos a otros como compañeros de camino e hijos e hijas de Dios.
La hospitalidad es mucho más que abrir una puerta. Es crear espacios donde la bondad, la conversación y los pequeños gestos de generosidad se convierten en oportunidades para experimentar la presencia de Dios.
Al final, la hospitalidad consiste en hacer espacio para que Dios pueda encontrarse con un desconocido a través de nosotros.
Tal vez al final del Mundial no recordemos todos los resultados ni todos los goles. Pero es muy posible que algunas personas recuerden haber recibido un vaso de agua cuando tenían sed, haber encontrado un poco de sombra en medio del calor o haber sido acogidas por personas que no las conocían.
Porque algunas de las victorias más importantes nunca aparecen en el marcador.
A veces el amor se hace visible en actos de hospitalidad sorprendentemente sencillos.
Un vaso de agua.
Un lugar de descanso.
Una conversación.
Una puerta abierta.
En un mundo dividido por banderas, el amor sigue siendo el gol más importante.