Reflexión Mundialista #3

La Ola y la Mesa

Todo comienza cuando una persona se pone de pie. Luego otra. Y otra más.

En cuestión de segundos, todo un estadio se está moviendo al mismo tiempo. O quizá comienza con un cántico, un tambor o miles de aficionados noruegos que simulan remar como antiguos vikingos. Completos desconocidos se encuentran de repente cantando, aplaudiendo y celebrando como si se conocieran desde hace años.

Hay algo profundamente humano en esos momentos. Anhelamos pertenecer. Anhelamos participar. Anhelamos ser parte de algo más grande que nosotros mismos. Quizá este anhelo no debería sorprendernos. Como nos recuerda el apóstol Pablo, somos muchos miembros, pero un solo cuerpo. No fuimos creados para el aislamiento, sino para la comunión.

Quizá por eso los estadios pueden sentirse casi sagrados. Nos recuerdan que los seres humanos nunca fuimos creados para vivir completamente solos. Fuimos hechos para la comunidad y para las experiencias compartidas que nos sacan de nosotros mismos.

Cada domingo, algo igualmente extraordinario sucede en las iglesias alrededor del mundo. Nos ponemos de pie juntos. Nos sentamos juntos. Cantamos juntos. Oramos juntos. Algunas veces nos arrodillamos juntos. Algunas veces intercambiamos la paz. Algunas veces caminamos juntos hacia la Mesa del Señor.

Uno de los grandes regalos de servir en la Diócesis de Texas es ver cómo personas provenientes de todos los rincones del mundo se convierten en una sola comunidad de adoración. Llegan con diferentes historias, acentos y tradiciones, y sin embargo se ponen de pie, cantan, oran y reciben la Comunión juntas. Por un breve pero santo momento, encarnan la visión del Reino de Dios.

Los primeros cristianos llamaban a este encuentro leitourgia, una palabra griega que significa «la obra del pueblo». La adoración nunca fue pensada como un espectáculo observado por espectadores. Siempre fue concebida como algo que hacemos juntos. El libro de los Hechos describe a los primeros creyentes como personas que se reunían, oraban, partían el pan y compartían la vida unos con otros. Desde el principio, la adoración cristiana fue comunitaria.

En muchos sentidos, la ola en un estadio y la liturgia en un santuario nos recuerdan la misma verdad: hay cosas que solo pueden suceder cuando las personas participan juntas. La ola no sucede porque una sola persona se ponga de pie. Un canto no conmueve a un estadio porque una sola persona cante. Y la Iglesia no es simplemente una colección de individuos ocupando el mismo espacio. Llega a ser plenamente ella misma cuando el pueblo de Dios ora, canta, escucha y responde unido.

Toda liturgia es, en cierto sentido, un ensayo del Reino de Dios. Cada vez que nos reunimos, practicamos escuchar a Dios y escucharnos unos a otros. Practicamos la gratitud, la paz, el perdón y la comunión. Poco a poco, nos convertimos en las personas que Dios nos llama a ser.

El Mundial eventualmente terminará. Los cantos en los estadios se apagarán y las banderas serán guardadas. Sin embargo, el anhelo más profundo que se revela en esas celebraciones permanecerá. Es el anhelo de encontrar nuestro lugar dentro de una historia más grande que nosotros mismos.

Quizá por eso la alegría de un estadio puede sentirse extrañamente familiar. Nos recuerda que fuimos creados para algo más que el logro individual. Como Pablo nos recuerda en otro lugar, somos «miembros de la familia de Dios». Fuimos creados para levantar nuestras voces junto a otros y para participar en una historia más grande que nosotros mismos.

El estadio nos enseña que las personas anhelan pertenecer. El santuario nos revela que este anhelo es, en su nivel más profundo, un anhelo de Dios y de los demás.

Quizá ese sea uno de los regalos ocultos del Mundial. Por unos momentos, desconocidos se ponen de pie, cantan y se mueven como uno solo. En esos momentos alcanzamos a vislumbrar algo para lo cual fuimos creados desde el principio: no simplemente para observar la vida desde las gradas, sino para participar en una comunión que, en última instancia, encuentra su significado en Dios.

La ola se levanta y luego pasa.

La mesa permanece.

Y cada vez que nos reunimos alrededor de ella, recordamos que pertenecemos: los unos a los otros y a Dios.

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