Reflexión Mundialista: La Pequeña Voz
Ayer el mundo observó un partido entre España y Cabo Verde en la Copa Mundial.
En el papel, parecía un partido muy desigual. La selección de España tiene un valor aproximado de 1.3 billones de dólares. El portero de Cabo Verde, Vozinha, está valorado en unos 50 mil dólares.
Pero durante noventa minutos, nada de eso importó.
A sus 40 años, después de muchos años jugando en equipos pequeños y lejos de los grandes escenarios, Vozinha tuvo el mejor partido de su carrera. Realizó siete atajadas importantes, fue elegido Jugador del Partido y ayudó a su país a conseguir el primer punto mundialista de su historia.
Al terminar el encuentro, comenzó a llorar.
Después explicó que estaba pensando en sus abuelos, quienes lo criaron y ya habían fallecido. También pensaba en su madre, que no pudo estar presente para verlo jugar. Eran lágrimas de alegría, gratitud y emoción. Después de muchos años de esfuerzo, estaba viviendo el momento con el que siempre había soñado.
Su sobrenombre significa “Pequeña Voz”.
Y eso me hizo pensar en una historia de la Biblia. Cuando el profeta Elías buscó a Dios, no lo encontró en el viento fuerte, ni en el terremoto, ni en el fuego. Dios se hizo presente en una voz suave y tranquila.
Muchas veces el mundo presta atención a los más famosos, a los más fuertes o a los más poderosos. Pero Dios suele obrar a través de personas sencillas que hacen su trabajo con fidelidad.
Lo que más me llama la atención de esta historia es que no hubo ganador.
El partido terminó empatado.
Nadie levantó un trofeo. Nadie salió campeón. Sin embargo, millones de personas fueron inspiradas por la historia de un hombre que nunca renunció a su sueño.
La historia de Vozinha también me recuerda a Simeón. Durante años esperó pacientemente el cumplimiento de la promesa de Dios. No sabía cuándo llegaría ese momento, pero permaneció fiel. Y cuando finalmente tomó al niño Jesús en sus brazos, comprendió que toda la espera había valido la pena.
Algo parecido ocurrió con Vozinha. A los 40 años, cuando muchos futbolistas ya se han retirado, vivió el momento que había esperado durante toda una vida. No ganó el partido, pero recibió algo que nadie le podrá quitar: la alegría de haber llegado hasta allí.
Eso nos recuerda algo importante: no todas las historias hermosas terminan con una victoria. A veces el verdadero triunfo es haber perseverado. A veces es haber llegado hasta allí. A veces es descubrir que los años de esfuerzo sí valieron la pena.
Muchos de nosotros conocemos esa experiencia. Servimos, trabajamos, acompañamos personas y seguimos adelante día tras día, muchas veces sin reconocimiento. Sin embargo, seguimos porque creemos que lo que hacemos tiene valor.
La historia de Vozinha nos recuerda que Dios no siempre mide el éxito de la misma manera que el mundo.
El mundo mira los resultados. Dios mira la fidelidad.
Tal vez esa sea la lección para nosotros.
Sigan adelante. No se rindan. Sean fieles a lo que Dios les ha llamado a hacer.
Porque a veces, después de muchos años de esfuerzo silencioso, Dios nos regala un momento que nos recuerda por qué nunca dejamos de creer.
Y entonces descubrimos que incluso una pequeña voz puede inspirar al mundo entero.