Día Nacional de la Oración
El primer jueves de mayo, comunidades de todo el país hacen una pausa para celebrar el Día Nacional de la Oración, una tradición establecida en 1952 que invita a personas de todas las creencias a orar por la nación, sus líderes, entre otros. En la Iglesia Episcopal, la oración siempre ha sido mucho más que una práctica privada. Es algo compartido, pronunciado en comunidad y transmitido de generación en generación.
En el corazón de esa tradición se encuentra el Libro de Oración Común, una obra que por siglos ha acompañado la vida espiritual de la Iglesia Episcopal a través de oraciones, liturgias, salmos y reflexiones. Su nombre encierra una frase poderosa: orar juntos. En un mundo marcado por la prisa y la división, nos recuerda que todavía es posible reunirnos desde diferentes historias y realidades para compartir esperanza, compasión y fe.
Rev. Alex Montes-Vela
Conversamos con el Rev. Alex Montes-Vela, Misionero para Ministerios Universitarios de la Diócesis Episcopal de Texas, para reflexionar sobre la importancia de la oración común en el mundo actual. Estas son algunas de sus respuestas:
¿Por qué sigue siendo importante la oración común en el mundo de hoy?
La oración común nos recuerda que no nos acercamos a Dios en soledad. En un mundo que muchas veces puede sentirse fragmentado, apresurado y aislado, la oración común nos reúne en comunidad. Nos ofrece un lenguaje compartido para el dolor, la esperanza, la gratitud, el arrepentimiento y la compasión. Incluso cuando nos cuesta encontrar palabras, las oraciones de la Iglesia nos sostienen y nos recuerdan que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.
La oración común también nos enseña a detenernos y prestar atención a Dios, a los demás y a los movimientos más profundos de la gracia en la vida cotidiana.
¿Qué hace único al Libro de Oración Común dentro de la tradición episcopal?
El Libro de Oración Común es mucho más que un recurso litúrgico. Es un compañero espiritual que ayuda a moldear nuestra manera de orar, adorar y vivir el día a día. Uno de sus dones más particulares dentro de la tradición episcopal es la manera en que reúne las Escrituras, la teología, la vida sacramental, la poesía y el cuidado pastoral en un lenguaje que se siente profundamente arraigado y profundamente humano.
Durante generaciones, el Libro de Oración Común ha ayudado a formar comunidades de oración en distintos contextos y experiencias. Nos recuerda que la oración no está reservada solamente para los domingos, sino que puede acompañarnos en el ritmo de la vida cotidiana: en momentos de alegría, duelo, incertidumbre, celebración, transición y esperanza.
¿Cómo puede la oración traer esperanza en tiempos de incertidumbre?
La oración no siempre cambia de inmediato nuestras circunstancias, pero sí puede transformar la manera en que las llevamos. La oración nos recuerda que Dios permanece presente incluso en medio de la incertidumbre. Crea espacio para que florezcan la compasión, la sabiduría, la humildad, la paciencia y la paz.
En tiempos de división, la oración puede suavizar nuestros corazones y ayudarnos a recordar la humanidad de los demás. Nos llama nuevamente a la relación: con Dios y entre nosotros. La oración nos ayuda a resistir la tentación de vivir consumidos por el miedo, la ira o la desesperanza, y en cambio nos invita a permanecer firmes en la esperanza y el amor.
¿Qué oración del Libro de Oración Común tiene un significado más profundo para usted personalmente y por qué?
Una oración que ha permanecido cerca de mí a lo largo de los años es la oración atribuida a San Francisco:
“Señor, haznos instrumentos de tu paz…”
Regreso a esta oración con frecuencia porque me recuerda que la fe no se trata solamente de lo que creemos, sino también de cómo caminamos por el mundo. La oración nos invita a convertirnos en personas que llevan reconciliación, compasión, perdón, esperanza y luz allí donde estén.
Como alguien que trabaja de cerca con estudiantes universitarios y comunidades de campus, veo con frecuencia cuánto anhelan las personas la paz, el sentido de pertenencia, la comprensión y la esperanza. Esta oración sigue recordándome que pequeños actos de compasión y presencia pueden convertirse en parte de la obra sanadora de Dios en el mundo.
¿Qué le diría a alguien que se siente distante de la oración o no sabe cómo comenzar?
Le diría: empieza de manera sencilla y honesta. La oración no tiene que sentirse perfecta ni elaborada. A veces, todo comienza simplemente haciéndonos presentes.
Al inicio de mi ministerio ordenado, mientras servía como cura asistente en St. Paul’s Episcopal Church en Waco y como misionero universitario en el Episcopal Student Center, uno de los estudiantes graduados muy involucrados en nuestro ministerio, Nate Roberts, me preguntó si podíamos reunirnos para el Oficio de la Mañana dos veces por semana durante la Cuaresma.
Le dije que sí y luego pregunté a qué hora. Él respondió: 6:30 a.m.
Recuerdo haber pensado: “¡Wow!”. Algunas mañanas era difícil no solo despertarse tan temprano, sino incluso saber cómo orar. En muchos sentidos, terminó siendo Nate y yo simplemente presentándonos fielmente durante aquella temporada de Cuaresma.
Lo que aprendí durante esas mañanas fue que el Libro de Oración Común nos guía hacia la oración, incluso cuando sentimos que aún no estamos listos. Al principio, a veces uno simplemente está leyendo las palabras. Pero con el tiempo, algo comienza a suceder. Poco a poco, las palabras se convierten en tu propia oración. El ritmo comienza a moldear tu corazón, tu atención y tu conciencia de la presencia de Dios.
Poco a poco, las palabras se vuelven oración.
Una reflexión personal del Rev. Alex Montes-Vela, Misionero para Ministerios Universitarios en la Diócesis Episcopal de Texas
Mi conexión con la Iglesia Episcopal y el Libro de Oración Común es profundamente personal.
Llegué a la Iglesia Episcopal cuando tenía 17 años, no porque mi familia estuviera buscando convertirse en episcopal, sino porque la Iglesia Episcopal nos eligió y nos recibió durante una de las temporadas más difíciles de nuestras vidas.
Una noche, después de que mi padre fuera violentamente asaltado y golpeado mientras repartía pizzas en Houston, terminó sentado solo en la sala de emergencias del Hospital Ben Taub, herido y exhausto, revisando una pila de tarjetas de presentación de pastores, intentando encontrar a alguien a quien llamar.
Nadie respondió.
La última tarjeta pertenecía al obispo Hugo Pina, obispo retirado de Honduras, quien en ese entonces servía en St. Matthew’s Episcopal Church en Houston.
Aunque el obispo Pina estaba a punto de comenzar una quinceañera, le prometió a mi padre que en cuanto terminara iría a verlo.
Un par de horas después, el obispo Pina cruzó las puertas de la sala de emergencias todavía vestido con sus vestiduras litúrgicas.
Para mi padre, fue como si Jesús mismo hubiera entrado en la habitación. Se sentó con él, lo escuchó, lo consoló y finalmente le dijo:
“La última vez que te vi, eras pastor. Y todavía lo eres. Encontraré un lugar para ti en mi iglesia.”
Ese momento cambió el rumbo de la vida de mi familia.
Con el tiempo, mi padre comenzó ayudando en la oficina de la iglesia, luego con la música y los estudios bíblicos. Finalmente, nuestra familia fue recibida en la Iglesia Episcopal y más adelante mi padre inició el proceso de ordenación, hasta convertirse en sacerdote en esa misma congregación: St. Matthew’s Episcopal Church, hoy Iglesia Episcopal San Mateo en Houston.
Cuando pienso en el Libro de Oración Común y en la tradición episcopal, no pienso únicamente en liturgia o ritual. Pienso en las cosas que debieron haber formado al obispo Pina para convertirse en la persona que atravesó aquellas puertas de emergencia esa noche.
Pienso en el Pacto Bautismal y en su llamado a “buscar y servir a Cristo en todas las personas” y a “respetar la dignidad de todo ser humano”. Pienso en oraciones que, con el tiempo, forman compasión, presencia, misericordia, reconciliación y amor.
Lo que encuentro en el Libro de Oración Común no son simplemente palabras impresas en una página, sino una manera de ser transformado en un ser humano más compasivo, más espiritual y más fiel.
Esa experiencia continúa dando forma tanto a mi fe como a mi ministerio hasta el día de hoy.