Peregrinación a Perú: El cuidado de la creación

Aprendiendo la práctica de un intercambio sagrado

Del 2 al 11 de febrero, la Diócesis de Texas apoyó una peregrinación de educación continua para miembros del clero en la Amazonía peruana titulada El cuidado de la creación. Nueve participantes representaron a las regiones Norte, Este, Oeste y Sur de nuestra diócesis.

Durante diez días, vivieron y aprendieron en una de las regiones con mayor biodiversidad del planeta: la selva amazónica. Considerada un componente esencial para el equilibrio ecológico de la tierra y la estabilidad del clima, este lugar es un ecosistema vasto y complejo donde la vida se sostiene gracias a una profunda relación de reciprocidad.

La peregrinación fue un espacio de pausa intencional: un tiempo para la reflexión espiritual, el aprendizaje teológico y una presencia atenta dentro de la creación. Fue una invitación a desacelerar el ritmo cotidiano para percibir con mayor claridad aquello que Dios ya ha sembrado en el mundo.

En el ritmo sereno de los recorridos por el río y de la vida en la selva, los participantes se encontraron con una verdad sencilla pero profunda: la tierra da. Pero un intercambio sano requiere también que nosotros sepamos devolver.

El obispo Monterroso reflexionó sobre esta dinámica de reciprocidad. En el bosque, nada se desperdicia. Los animales toman aquello que necesitan para vivir y lo que no utilizan regresa nuevamente a la tierra. La vida se sostiene a través del intercambio, no de la acumulación.

“Con frecuencia llegamos con expectativas”, comentó, “esperando algo extraordinario. Pero cuando nos detenemos y practicamos la gratitud, descubrimos que lo que ya existe es más que suficiente. La creación misma es ya la gran maravilla de Dios. Devolver, participar en ese intercambio sano, es una forma de honrar y reconocer esa creación.”

En una cultura marcada muchas veces por el consumo y el exceso, esta enseñanza resultó especialmente significativa. La Amazonía no solo revela una belleza impresionante; también muestra una manera de vivir basada en el equilibrio, la moderación y la gratitud. La creación no es una posesión. Es un don. Y todo don conlleva responsabilidad.

Cada día el grupo oró el Oficio Diario y celebró la Santa Eucaristía. Estudiaron juntos, reflexionaron juntos y compartieron la mesa en comunidad. Como señaló uno de los participantes, una peregrinación no es turismo. Es una manera de viajar que permite que Dios nos transforme a través del lugar, de la oración y de las personas.

El reverendo Mike Stone lo expresó de esta manera:

“La peregrinación es una forma de caminar en comunidad: orando juntos las horas del día, celebrando la Eucaristía diariamente y compartiendo espacios de estudio. Oramos, comimos, aprendimos y exploramos junto a guías y comunidades locales.”

El grupo también aprendió de líderes y guías de la región, muchos de ellos jóvenes en sus veintes. A pesar de su edad, ya desempeñan un papel fundamental en el cuidado de la selva y en la transmisión de la sabiduría ancestral de sus comunidades. Sobre ellos recae una responsabilidad real.

En la Amazonía, el liderazgo entre generaciones no es una teoría; es una práctica viva. Los jóvenes participan activamente en la toma de decisiones y llevan adelante el legado de sus comunidades, mientras las generaciones mayores ofrecen orientación y memoria. La autoridad y la escucha fluyen en ambas direcciones.

Este testimonio ofrece una enseñanza profunda para la Iglesia: la importancia de la responsabilidad compartida, de la escucha mutua y de crear espacios donde la sabiduría pueda circular entre generaciones.

De muchas maneras, el mismo bosque se convirtió en maestro: no solo de equilibrio ecológico, sino también de vida comunitaria.

Al estar lejos de la constante presencia de teléfonos y de las interrupciones digitales, los participantes descubrieron otro ritmo de vida. Las personas llegaban cuando decían que llegarían. Cuando embarcaciones pequeñas se acercaban por el río, las más grandes cedían el paso. Había un instinto natural de respeto por el tiempo y la presencia de los demás. 

La creación dejó de ser un paisaje y se reveló como sacramento: un signo visible que nos remite a la gracia invisible de Dios.

A través del río, de la selva y de los momentos de oración y conversación, Dios volvía a recordarnos lo que la Escritura ha proclamado desde siempre: que la tierra pertenece al Señor y que nosotros somos llamados a ser sus fieles mayordomos.

Esta peregrinación no fue solo una oportunidad para conocer la Amazonía. Fue una invitación a aprender a mirar de otra manera.

A reconocer que lo suficiente puede ser suficiente.
A comprender que la reciprocidad es una práctica sagrada.
A recordar que la creación no es simplemente el escenario del ministerio, sino también una de sus maestras.

Al regresar a sus congregaciones en toda la Diócesis de Texas, estos miembros del clero llevan consigo algo más que recuerdos de la selva. Llevan un renovado compromiso de vivir con gratitud, cultivar el equilibrio y cuidar la creación de Dios de maneras concretas, locales y fieles.

Porque El cuidado de la creación no es algo que pertenece únicamente a un lugar en el mapa. Es un llamado que viaja con nosotros de regreso a casa.

Y comienza con una práctica sencilla:
recibir con gratitud
y devolver con amor.

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